La Dra. Ingrid Baquero, Inmunóloga Clínica y Reproductiva del Hospital San Juan de Dios en Pamplona, nos explica en el último número de la Revista Sanifarma la diferencia entre la inflamación aguda y la inflamación crónica de bajo grado, sus consecuencias para la salud y cómo prevenirla.
Revista Sanifarma.- ¿En qué consiste la inflamación y cómo afecta a nuestra salud nivel general?
Dra. Ingrid Baquero- Es un proceso fisiológico normal y necesario, es la manera en la que el sistema inmune responde frente a una agresión (una lesión o una infección). La inflamación es un mecanismo homeostático de defensa biológica altamente conservado. Su objetivo primordial es neutralizar injurias celulares (biológicas, químicas o mecánicas) e iniciar la cascada de reparación tisular. Implica la activación de una serie de moléculas y células del sistema inmune, que trabajan para proteger al organismo y promover la reparación de los tejidos afectados.
Cuando este proceso se vuelve persistente o inapropiado, puede convertirse en un problema. A nivel sistémico, cuando la inflamación deja de ser un evento local y autolimitado, altera los ejes inmunometabólicos. Esto induce una serie de cambios como la reprogramación del leucocito, disfunción endotelial y un incremento en la resistencia tisular a hormonas tales como, la insulina. Su cronificación no destructiva debilita la resiliencia del huésped, convirtiéndose en el sustrato fisiopatológico común de la mayoría de las enfermedades no transmisibles.
Revista Sanifarma.- ¿Cuál es la diferencia patológica entre la inflamación aguda y la inflamación crónica de bajo grado?
Dra. Ingrid Baquero- La diferencia fundamental radica en su cinética, su celularidad y su finalidad homeostática. La inflamación aguda es una respuesta exudativa, local y autolimitada frente a injurias discretas como infecciones patógenas o traumas tisulares. Su inicio es inmediato (minutos u horas) y está gobernada por un infiltrado masivo de células del sistema inmune como neutrófilos y polimorfonucleares.
Clínicamente es muy evidente porque cursa con signos cardinales clásicos (calor, rubor, tumor, dolor). Su objetivo final es la eliminación del agente agresor y la posterior resolución mediante una cicatriz o la restauración total del tejido.
Por el contrario, la inflamación crónica de bajo grado es una respuesta maladaptativa y persistente en el tiempo (meses o años). No está provocada por una infección externa, sino por inductores metabólicos de estrés endógeno (DAMPs).
A nivel molecular, el infiltrado celular es predominantemente mononuclear, caracterizado por macrófagos polarizados hacia el fenotipo proinflamatorio M1, linfocitos T y células B asociadas a
la edad. Su principal peligro clínico es que es subclínica y sistémica; no genera dolor ni signos macroscópicos manifiestos, permaneciendo «invisible» en los análisis de rutina estándar mientras degrada silenciosamente la arquitectura tisular y los receptores hormonales.
En los últimos años, este concepto de inflamación crónica de bajo grado ha emergido como uno de los factores clave en el desarrollo de una serie de enfermedades crónicas (enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, obesidad, cáncer y Alzheimer, entre otras).
Podéis acceder a la entrevista íntegra en este enlace.


